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Revista Observaciones Filosóficas


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art of articleart of articleEl humanismo cívico; una propuesta desde la filosofía política

Dra. Liliana Beatriz Irizar1 - Universidad de Barcelona - Universidad Sergio Arboleda
Resumen
La progresiva y acelerada deshumanización de la política nos obliga a buscar otras alternativas que nos permitan crear un modo de pensar y actuar en política rigurosamente humano. Tal modo de pensar existe y es conocido como humanismo cívico, el cual asume como premisa básica “la radicación humana de lo político y (…) los parámetros éticos de la sociedad.” Esta propuesta filosófico-política, que tiene claras raíces aristotélicas, en la actualidad ha sido rehabilitada por el filósofo español Alejandro Llano. En el presente ensayo procuramos mostrar las principales ideas que definen al humanismo cívico.

Abstract
The progressive and accelerated dehumanization of politics forces us to look for other alternatives which will allow us to create a way to think and make policy rigorously human. Such a way of thinking exists and is known as Civic Humanism, whose basic premise is that of “the human roots of the politician and (…) the ethical parameters of society”. This philosophical-political proposal, which has clear Aristotelian roots, has been recently rehabilitated by the Spanish philosopher Alejandro Llano. In this paper we have explained the main ideas which define Civic Humanism.


Palabras clave
Humanismo cívico, filosofía política, Aristóteles, Alejandro Llano, participación ciudadana.

¿Qué es el humanismo cívico?

Es una propuesta desde la filosofía política que ofrece elementos conceptuales y operativos orientados a conferir un giro humanista a la actual configuración de la vida social.2 Parte para eso de una premisa fundamental: afirmar que las personas son los sujetos radicales de la política.

Sostener que el humanismo cívico sitúa sus indagaciones y reflexiones en el ámbito de la filosofía política implica algunas importantes consecuencias que merecen ser destacadas. En primer lugar, que su análisis no es formalmente tecnológico ni siquiera estrictamente científico, pero tampoco puramente ético. Pertenece al campo de la filosofía política, esto es, una disciplina que plantea como cuestiones centrales la pregunta por la esencia de lo político y la legitimidad del poder. Lo que equivale a afirmar que, como filosofía práctica, la filosofía política supone un fin o deber ser de las acciones sociales traducible en términos de justicia y servicio al bien común. De manera que su análisis de los fenómenos sociales implica juicios de valor. También debe a su índole práctica el ser una reflexión de alcance operativo. Operar que apunta a hacerse efectivo dentro de las oportunidades y límites ofrecidos por el contingente y complejo campo de la actuación política.

Perteneciente a ese ámbito del saber, el humanismo cívico se presenta como un modelo socio-político cimentado sobre bases teóricas rigurosas –especialmente metafísicas y éticas- rigurosas que le permiten someter a examen los parámetros políticos y culturales dominantes. Esto con el fin de explorar posibilidades de convivencia social más humanas y justas. Su esfuerzo teórico y práctico lo sitúa a mucha distancia del positivismo social, esto es, un modo de pensar la realidad socio-política a partir del método avalorativo de las ciencias exactas y, por lo mismo, puramente descriptivo y acrítico. Cabe resaltar en este sentido, que precisamente “la exclusión de la filosofía política es uno de los factores que más ha influido en la deshumanización de la teoría y de la praxis política”3

Por otra parte, el humanismo cívico no es una propuesta abstracta. Por el contrario, constituye una propuesta práctica, hacedera. Cuenta con elementos doctrinales suficientes que la apartan del peligro de reducirse a una pura reflexión teórica.

Detengámonos ahora en la definición de humanismo cívico ofrecida por Alejandro Llano: “Entiendo por humanismo cívico la actitud que fomenta la responsabilidad y la participación de las personas y comunidades ciudadanas en la orientación y desarrollo de la vida política. Temple que equivale a potenciar las virtudes sociales como referente radical de todo incremento cualitativo de la dinámica pública”4

Allí se contienen los tres pilares fundamentales de esta propuesta:


1. La promoción del protagonismo de los ciudadanos como agentes responsables de la configuración política de la sociedad.

2. La relevancia que concede a los diferentes tipos de comunidades.

3. El valor que confiere a la esfera pública como lugar privilegiado para el despliegue de las libertades sociales.


Se puede inferir de estos elementos, que “...la democracia ­constituye actualmente el único régimen político en el que es posible llevar a la práctica el humanismo cívico”5. Sin embargo, lo humano que este humanismo político se propone rescatar depende, en gran parte, de una regeneración de la democracia liberal en un sentido humanista con moderado acento republicano6. Porque la democracia ­–es decir, el régimen político de justicia y libertades basado en la división de poderes, el sufragio universal y los derechos humanos- cuando es auténtica se asienta efectivamente sobre un justo orden jurídico el cual depende esencialmente de su radicación en la plena verdad sobre el hombre y sus derechos fundamentales, entre los que destaca la posibilidad de alcanzar una vida buena. Vida lograda impensable fuera de la comunidad política y sin el pleno despliegue de la libertad social.

Conviene retener que el humanismo cívico no es un programa de actividad política ni siquiera una escuela de pensamiento político. Sencillamente se declara como un nuevo modo de pensar y actuar en la vida cívica precisamente porque se propone reivindicar esos tres –y otros- elementos humanizantes que la política actual ignora. Representa un modo humano de vivir en la polis que se opone diametralmente a la mentalidad y a las prácticas del actual tecnosistema.

Bajo el término tecnosistema o tecnoestructura incluimos los tres ejes estructurales que dominan la esfera pública: Estado, mercado y medios de comunicación. Pues bien, con su modo de proceder puramente técnico estos tres componentes hegemónicos del Estado del bienestar han ignorado las vitalidades emergentes de los ciudadanos y de los grupos sociales primarios: las solidaridades básicas. Lo que el tecnosistema margina son precisamente los tres elementos enumerados de los que depende la radicación humana de la política. “Marginación no marginal” de lo humano cuyas consecuencias más patentes y preocupantes son la corrupción y la apatía cívica. Dos males que hacen languidecer a las democracias occidentales.

Ciertamente es la autorreferencialidad del tecnosistema lo que ha conducido poco a poco al desinterés político y a la falta de compromiso cívico. Pertenece al dinamismo característico del tecnosistema el cerrarse sobre sí mismo sin contar con otros referentes o parámetros como no sean las leyes mecánicas que lo regulan y la opinión de los “expertos” en asuntos públicos. Los ciudadanos han llegado, así, a la frustrante convicción –sin duda, bien fundada- de que realmente no se cuenta con ellos a la hora de decidir sobre cuestiones que a todos nos atañen. Este vivir como “extranjeros en la propia tierra” explica en parte la ausencia de conciencia y de voluntad cívicas que tarde o temprano suelen degenerar en actitudes y comportamientos que encuadran en lo que ya desde el humanismo cívico florentino se conoce como corrupción política “un término entre cuyos significados el más destacado (para ese discurso cívico) quizá fuera la sustitución de aquellas relaciones públicas entre ciudadanos a cuyo través la república debía ser gobernada por relaciones privadas.”7 Sustituir el bien común por los intereses particulares puede considerarse, en efecto, la definición más concisa y puntual de la corrupción.

Si, en cambio, la propuesta que defendemos admite legítimamente el apelativo de humanismo cívico es porque confía en los seres humanos y en sus recursos espirituales inagotables que les confiere competencia intelectual y ética para deliberar acerca de aquellas necesidades y tareas de cuya dilucidación prudente depende el destino de los pueblos. Este modelo socio-político se apoya en el reconocimiento de un entramado social prepolítico y preeconómico que se mueve en el ámbito de la cultura, es decir, “activo cultivo de las capacidades personales y comunitarias para configurar un modo de vida que acaba por tener decisivas repercusiones políticas y económicas.”8

De ahí que la alternativa que ofrece el humanismo cívico frente a la “democracia totalitaria” –aquella que, en expresión de Tocqueville, sólo nos habilita para vivir como súbditos, mas no como ciudadanos9- no puede venir simplemente del lado de una achicamiento del aparato estatal, ni puede reducirse al mero equilibrio cuantitativo entre la intervención del mercado y de los medios en la cosa pública. Su propuesta es mucho más radical. Apunta a la desburocratización y desmercantilización del modelo social tecnocrático con el fin de liberar las energías sociales que laten en los ámbitos vitales de las comunidades. Rescata, por tanto, “el paradigma ético de la comunidad política que proviene de la tradición aristotélica.”10 Se trata de la idea netamente cívica de comunidad política que supera ampliamente la limitada noción moderna de Estado ajustada más a los intereses comerciales y militares que a los genuinos reclamos de la ciudadanía.

En este orden de ideas, cabe destacar la inusitada vigencia que encierra el entramado doctrinal-operativo de esta comprensión humanizante de la vida política. Porque la entraña conceptual del humanismo cívico, cifrada en “la radicación humana de la política y los parámetros éticos de la sociedad”11, puede ofrecer elementos clave para resolver ciertas contradicciones, en apariencia insolubles, que desconciertan a la actual “sociedad del riesgo”, últimamente mejor caracterizada como “cultura del miedo”.

Porque si tuviéramos que dar un calificativo a “este nuevo modo de pensar y de comportarse” que es el humanismo cívico, lo llamaríamos una “filosofía de la esperanza o cimentada en la esperanza”. Y la esperanza es una virtud -específicamente, teologal-, pero también es esa fuerza vital que nos lanza a emprender proyectos difíciles en la medida en que, al mismo tiempo, los vislumbramos como una realidad asequible. De ninguna manera resulta válido, por tanto, confundir la esperanza con su caricatura: el optimismo ingenuo, es decir, sin fundamento, al que apela constantemente una cultura mediática que, irónicamente, en su trasfondo ideológico, invita lisa y llanamente a la desesperación.

El humanismo cívico, en cambio, por ser una invitación a la esperanza, es una filosofía realista y, a la vez, magnánima. Sí; lo que define, efectivamente, a una actitud magnánima es la elección y el empeño en alcanzar metas grandes, es decir, dignas del ser humano. Y el humanismo cívico, propone ni más ni menos que la transformación de la sociedad a partir de la transformación de nosotros mismos, los legítimos agentes sociales.


1 Doctora en Filosofía por la Universidad de Barcelona. Docente investigadora de la Universidad Sergio Arboleda (www.usergioarboleda.edu.co). Actualmente coordina el grupo Lumen que desarrolla una línea de investigación en Filosofía Política y Filosofía Jurídica. Desde el año 2004 dirige el proyecto de investigación: El humanismo cívico. Un nuevo modo de pensar y comportarse políticamente.
2 Llano, A., Humanismo cívico; Ariel, Barcelona, 1999, p. 55.
3 Ibid., p. 69.
4 Ibid., p. 15.
5 Ibid., p. 7.
6 Cfr. Ibid., p. 192.
7 POCOCK, J.G.A., El momento maquiavélico. El pensamiento político florentino y la tradición republicana atlántica; Tr. M. Vázquez y E. García, Tecnos, Madrid, 2002, p. 180.
8 Llano, A., Humanismo p. 18.
9 Cf. TOCQUEVILLE, A., La democracia en América; Tr. L. Cuellar, Fondo de cultura económica, México, 19572, segunda reimpresión, 2000, p. 102.
10 Llano. A., Humanismo cívico, p. 20.
11 Ibid., p. 12.


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