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Revista Observaciones Filosóficas


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art of articleart of articleNietzsche y la Hermenéutica de la Irreverencia

Dr. Alberto Constante 1   -  Universidad Nacional Autónoma de México  
Existe un feroz dragón llamado "tú debes",
pero contra él
arroja el superhombre las palabras "yo quiero".
Nietzsche 

Que lejos estamos del hervidero de frases del discurso ordinario, frases que no cesan de engendrarse como en un torbellino dictado por ese incesante discurso, por un cúmulo de palabras que se aglomeran y entrechocan unas con otras y que la contradicción no detiene; por esos pequeños signos garabateados en una página en blanco; todo lo contrario, provoca hasta un más allá vertiginoso. Cuando las cosas, los signos y las acciones están liberados de su idea, de su concepto, de su esencia, de su valor, de su referencia, de un supuesto origen y de su ideal final, entran en una autoreproducción al infinito. Las cosas siguen funcionando cuando su idea lleva mucho tiempo desaparecida. Siguen actuando con una indiferencia total hacia su propio contenido. Y la paradoja consiste en que se desempeñan mucho mejor. Así, por ejemplo, la idea de progreso y de todo lo que ella conllevó ha desaparecido, pero sus efectos continúan.

El prestigioso movimiento de la modernidad no ha llevado a una transmutación de todos los valores como quería Nietzsche, y como hubimos de soñar en su día, sino a una dispersión e involución del valor, cuyo resultado no es otra cosa que una confusión total: la imposibilidad de rescatar o reconquistar el principio de una determinación de las cosas2. Sin duda, todas las generaciones que procedieron del optimismo de la Ilustración terminaron pronto en el desengaño. Comprobaron que las promesas no se cumplieron, que el progreso, como lo señaló Benjamin, en la tesis VII donde recoge y desarrolla la afirmación contenida en el ensayo sobre Fuchs, según la cual “No hay ningún documento de cultura que no sea a la vez documento de barbarie”3. Para nadie es ya más que un sueño la felicidad universal. Camus lo señaló con extraordinario tino: "los hombres mueren y no son felices". Los filósofos de la sospecha, como los llamara Ricoeur4, no tuvieron otro objetivo que centrarse en relevar a la razón de su función rectora y ampliar la comprensión de esos resortes humanos que se aventuraban a llamar “irracionales” para poder comprender las motivaciones humanas.

Cuando Nietzsche afirma en Más allá del bien y del mal5, que el hombre es el “animal no fijado”, más que lanzar una condena delinea el destino de la condición humana. En esta afirmación se cobija la idea de que el hombre es un ser indefinido, indeterminado e incompleto; de que no existe certeza inconmovible, verdad inmaculada y pura, ni identidad definitiva donde cobijar su ser. El hombre debe emprender la aventura de interpretarse y de interpretar, de construirse a sí mismo un sentido y una razón de ser, porque no hay espejo alguno que refleje una imagen permanente e inalterable del rostro humano. Su ser es inconmensurable porque apenas se sabe a sí mismo. Por ello crea la moral, como geografía pasional.

Si Hume cuestionó radicalmente al deber, la intención de Nietzsche es trastocar su sentido, declarar su origen, desmontar el conjunto de yuxtaposiciones, relaciones, torsiones y flexiones que históricamente se ha construido en torno al deber. Es el gran profeta de la ética concebida como expresión de la autonomía total del individuo, el responsable de un tipo de conducta peligrosamente desvinculada. Su objetivo central fue la religión cristiana, pero de paso arremetió contra la Grecia clásica, el positivismo, el evolucionismo, la democracia, el Estado moderno y la música de Wagner. Lo queramos o no, somos los herederos bizarros del pensamiento nietzscheano.

Nietzsche fue la bestia negra que filosofa a martillazos, el retrato perfecto de la intolerancia y el fanatismo. Su obra se abre con una apasionada afirmación de la vida. Porque la vida es un valor que se afirma sin más lógica que su fuerza de surgimiento, ese impulso vital, esa pulsión ciega y por tanto irracional que sólo se afirma tercamente. Y el símbolo escogido es el mainómenos Dionisos, como lo llamara Homero, dios de una civilización que exalta los instintos, exhorta por su fuerza, por el impuso y por su pulsión (esa que Freud llamará de muerte) y planta cara a la incertidumbre del destino. El incendiado de Turín no toma como modelo la Grecia de Pericles.

Habla de la presocrática, aquella instintiva y sensual, en la que todavía no habían triunfado la moderación, la medida y el equilibrio del dios Apolo. La decadencia del ideal nietzscheano surge en Grecia cuando el trágico Eurípides intenta eliminar de la tragedia el elemento dionisiaco en favor de los elementos morales e intelectuales con los que se intentaba construir la polis griega. La consecuencia es temible: la vida se transforma en superficialidad silogística y surge Sócrates, con su loca presunción de entender y dominar la vida mediante la razón. El filósofo de Zaratustra juzga a Sócrates y a Platón como "síntomas de decadencia, instrumentos de la disolución griega, pseudogriegos, antigriegos".

Pero es el cristianismo el que lleva hasta sus últimas consecuencias esa decadencia: "Yo considero al cristianismo como la peor mentira de seducción que ha habido en la historia". Dios es "una objeción contra la vida", y "la fórmula para toda detracción de este mundo, para toda mentira del más allá". El cristianismo es la religión de la compasión, pero "cuando se tiene compasión se pierde fuerza. La compasión entorpece la ley del desarrollo, la selección natural; conserva lo que ya está dispuesto para el ocaso, opone resistencia en favor de los desheredados y de los condenados por la vida. La compasión es la praxis del nihilismo, y nada hay más malsano en nuestra malsana humanidad que la compasión cristiana".

Como observó Jaspers, para cada afirmación de Nietzsche podemos encontrar su contraria en sus mismas obras. De su fascinación por la figura de Cristo proceden estas palabras: "Cristo es el hombre más noble"; "Lo que dejó en herencia a los hombres fue el ejemplo de su vida: su comportamiento ante los jueces, los esbirros, los acusadores, y ante toda clase de calumnias y escarnios, su comportamiento en la cruz". "El símbolo de la cruz es el más sublime que haya existido jamás". Cristo fue un "espíritu libre", pero el Evangelio también "fue suspendido de la cruz" y murió con él: se trasformó en Iglesia, en odio y resentimiento contra todo lo noble.

Para lograr la inversión de los valores, Nietzsche debe arrancarlos de su raíz fundamental. Así se entiende su obsesión por decretar la muerte de Dios. La pretensión de Nietzsche es expresada por Dostoievsky con fórmula que ha hecho fortuna: "Si Dios no existe, todo está permitido". En el mismo sentido, diversos pensadores han afirmado, a modo de ejemplo, que contra la libertad de asesinar no existe, a fin de cuentas, más que un argumento de carácter religioso. Porque la imposibilidad de matar a un hombre no es física, es una imposibilidad moral que nace al descubrir cierto carácter absoluto en la criatura finita: la imagen y los derechos de su Creador.

La muerte de Dios es el más grande de los hechos. Esta tesis esencial en Nietzsche ya fue expresada por Confucio en una línea: "Si no se respeta lo sagrado, no se tiene nada en que fijar la conducta". En el mismo sentido, Platón lamenta la dificultad de mover a los hombres a la justicia -que tantas veces exige un gran sacrificio- si no se la presenta acompañada en el más allá por una plenitud de premios para la virtud y de castigos para el vicio. De hecho, la muerte de Dios es un acontecimiento que divide la historia de la humanidad: "Cualquiera que nazca después de nosotros pertenecerá a una historia más alta que ninguna de las anteriores". Es un suceso cósmico, del que son responsables los hombres, y que les libera de las cadenas de lo sobrenatural que ellos mismos habían creado. La muerte de Dios es la muerte definitiva del deber y la victoria de la autonomía absoluta. Sin Dios, todo norte moral desaparece, y todo puede ser disuelto por la duda.

Hasta hoy no se ha experimentado la más mínima duda o vacilación al establecer que lo bueno tiene un valor superior a lo malo. ¿Y si fuese verdad su contrario? Éste es el problema que plantea la Genealogía de la moral6. En ella reflexiona Nietzsche sobre los mecanismos psicológicos que iluminan el origen de los valores. Parte de la convicción de que la moral es una construcción ideológica para dominar a los demás. En concreto, un invento de los débiles para sojuzgar a los fuertes. Más en concreto, una venganza intelectual de los judíos contra sus enemigos y dominadores. Con los judíos comienza la rebelión de los esclavos, la inversión de los valores de los vencedores. Desde que los judíos inventan la religión y el más allá, los poderosos son malos, y los hombres vulgares son buenos. El cristianismo hereda esta corrupción judía del odio contra los buenos. Hasta que llega Nietzsche. Con él se desvanecerán las mentiras de varios milenios, y el hombre se verá libre del autoengaño de la ilusión.

El proyecto más general de Nietzsche consiste en introducir en filosofía los conceptos de sentido y valor. Para el pensador de Sils Maria, una filosofía del sentido y de los valores tiene que ser una crítica. Revelar que Kant no realizó la verdadera crítica, porque no supo plantear el problema en términos de valores, es uno de los móviles relevantes de la obra de Nietzsche. Pero nosotros sabemos que Kant se hallaba en un momento crucial de la historia humana: la Ilustración. "¿Qué es la Ilustración'?" es el nombre de un artículo que Kant escribe en 1784 como respuesta a una encuesta realizada por una revista filosófica de la época. Y es contundente: la Ilustración es la salida del hombre de la minoría de edad. Esta minoría de edad es la falta de decisión en utilizar el propio entendimiento sin la tutela o dirección de otro.

El hombre mismo es culpable de este tutelaje pues no es atribuible a una imperfección del entendimiento sino a su propia vacilación. La divisa de la Ilustración será "Sapere aude!" (Atrévete a saber). Pocos son los que, venciendo la pereza o la cobardía, logran quitarse los grillos de la minoridad. La mayoría del género humano termina por aficionarse hasta convertirlos en parte de su naturaleza (Cfr. el mito platónico de la caverna). Sin embargo, si hay libertad - libertad política, es decir, vigencia del estado de derecho - es "casi inevitable" que el público se ilustre, aunque sea lentamente. Esta paulatina Ilustración no se alcanza por revoluciones porque éstas generan, según Kant nuevos prejuicios que atan el entendimiento "de la mayor parte de la masa" de modo semejante al que lo hacían los antiguos.

La libertad política que se requiere es la más inofensiva de todas: "la libertad de hacer uso público de la propia razón en cualquier dominio". Obviamente, para esta época ya está formada la Offentlichkeit, la opinión pública, el foro en el que se dirimen las cuestiones fundamentales y a cuyo dictamen los particulares han de ajustarse. Nadie cuenta más que por su sapiencia e idoneidad y aún los soberanos (los príncipes gobernantes) emiten opinión en calidad de entendidos en alguna materia. Impedir esta progresiva ampliación de conocimientos es atentar contra la propia naturaleza humana, pues este progresar es su determinación (Bestimmung) más originaria, por más que falte mucho para que "la totalidad de los hombres sean capaces o estén en posición de servirse bien y con seguridad del propio entendimiento".

La tutoría se hace patente, en opinión de Kant, en el terreno religioso porque "los que dominan no tienen ningún interés en representar el papel de tutores de sus súbditos en tales materias". Por supuesto, nadie suscribiría tal cosa en nuestros días, en que la "penetración cultural" y la "brecha tecnológica" se han agigantado. Esos fenómenos no eran percibidos en el siglo XVIII y eran poca cosa comparados con la dominación ideológica de las diversas Iglesias, especialmente la romana, todavía la más poderosa y organizada. La Offentlichkeit significaba también un triunfo sobre el absolutismo de los príncipes7.

En suma, la Offentlichkeit es el nuevo sustento de la verdad científica que nos interesa, pese a que a Kant le preocupaba más la superintendencia clerical sobre la sociedad de su tiempo. La verdad es ahora el resultado de un debate, su universalidad es la que otorga el consenso de los doctos. Será verdadero lo que alguien proponga y la mayoría calificada para determinarlo acepte como tal. La mayoría representa el ineludible paso por el universal, siempre presente en Kant. En el campo ético, por ejemplo, la máxima será moralmente valiosa sí y sólo sí puede ser elevada a ley universal sin contradicción y esto, la universalidad, es lo que precisamente manda el Imperativo Categórico.

Así pues, el giro copernicano que Kant produjo en la filosofía, completando la obra comenzada por Descartes, a saber, que es el sujeto quien determina su conocimiento del objeto y no viceversa se complementa con esta sustentación del sujeto en la intersubjetividad racional que encarna la Offentlichkeit. En otras palabras, el objeto encuentra su razón de ser y fundamento en el sujeto que lo constituye como objeto y, además, el sujeto a su vez es remitido por Kant a la comunidad de sujetos racionales e ilustrados, capaces de hacer un uso apropiado de su entendimiento. Lo mismo ocurre en el campo moral, donde los sujetos capaces de determinar racionalmente su voluntad o, lo que es lo mismo, capaces de darse a sí mismos la ley, integran una entidad espiritual que Kant denomina Reino de los Fines, al cual pertenecen los hombres en tanto seres libres (aquí libertad moral) y racionales.

La Offentlichkeit o el Reino de los Fines pueden ser considerados como representaciones de la humanidad como Idea, conteniendo un ideal, algo universal y ejemplar, que no es otra cosa que esa paulatina ampliación de nuestros conocimientos que tenemos planteada como propuesta. Kant se guarda muy bien de afirmar que tal empresa sea efectivamente realizada en un futuro, aún uno distante. Tal vez la Ilustración como tarea cumplida no sea más que un Ideal (distinto de una ilusión) pero -parafraseando la Crítica ("De las ideas") - es indigno de un filósofo abandonar ideales a causa de su imposibilidad de realización. El pragmatismo no es para Kant una posición verdaderamente filosófica. Los ideales son de por sí irrealizables, su rol es regular la conducta y orientar la actividad general del hombre.

Para Nietzsche lo que le sucedió a la filosofía moderna es que la teoría de los valores engendró un nuevo conformismo y nuevas sumisiones. Por ello, el punto de partida de la investigación filosófica de Nietzsche está en la sospecha. La sospecha se entremezcla íntimamente con la crítica general de la cultura europea y con el desenmascaramiento de la gigantesca tergiversación que ha tenido lugar en la historia de Occidente: la razón y la piedad han enfermado al hombre hasta volverlo débil y escéptico, conformista y sumiso. A esta corrosión de las fuerzas vitales del hombre Nietzsche la llama nihilismo e implica un detrimento, una des- valorización de este único mundo en favor de un trasmundo elevado a la categoría de proveedor del ser, verdad y belleza del mundo sensible.

Este continuo apartarse cada vez más de los instintos y de la vida aún no ha culminado; todavía falta bastante tiempo para que esta sociedad enfermiza y agonizante muera y advenga el Superhombre. Es claro que Nietzsche asume una postura antimetafísica pero difiere grandemente de la de los positivistas. Estos creen poder prescindir de la metafísica en la medida en que piensan que la ciencia puede sostenerse sin el auxilio de la filosofía: sus resultados son la prueba de su verdad. Han invertido la cuestión: no hay que ir al fundamento para legitimar una verdad sino que basta remitirse a sus exitosas aplicaciones prácticas. Es el "éxito" lo que vuelve "positiva" la ciencia.

El ataque nietzscheano a la metafísica se dirige a toda una tradición filosófica que arranca con los eleatas y Platón8 que pretende apresar conceptualmente lo real. Nietzsche se opone vehementemente a esta "violación" de la realidad por el pensamiento", como dice Fink. El nihilismo platónico consiste en haber colocado los valores supremos del hombre en un reino ideal fuera del mundo. En contraste, Nietzsche cree necesario volver a Heráclito pues en éste está todavía viviente la raíz originaria de la fuerza del pueblo griego en la que entronca su propio pensamiento. La metafísica es vista como una estimación del valor, como algo que afirma o niega valores.

Así, por ejemplo, Nietzsche examina la distinción kantiana entre fenómeno y cosa en sí, viendo en ella la expresión de una vitalidad decadente que ya no se encuentra a gusto en lo sensible y se fabrica un refugio en un mundo más allá de los fenómenos. Todo el pasado filosófico es evaluado y ponderado de esta manera. Sus producciones tienen para él el valor de síntomas que trasuntan tendencias vitales declinantes o ascendentes. Por ello, para Nietzsche instaurar una filosofía de los valores, es la verdadera realización de la crítica, la única manera de realizar la crítica total: “a martillazos”9 Por una parte, los valores aparecen o se ofrecen como principios: una valoración supone valores a partir de los cuales ésta aprecia los fenómenos. Pero, por otra parte, y con mayor profundidad, son los valores los que suponen valoraciones, “puntos de vista de apreciación, de los que deriva su valor intrínseco. Así, el problema crítico es el valor de los valores, la valoración del que procede su valor o sea, el problema de su creación. La evaluación se define como el elemento diferenciador de los valores correspondientes.

Las valoraciones, no son valores, sino maneras de ser, modos de existencia de los que juzgan y valoran, sirviendo de principios a los valores en relación a los cuales se juzgan, de ahí que tengamos siempre creencias, sentimientos y pensamientos que se dan en función de nuestro modo de ser de obrar. Sin embargo, hay cosas que no pueden decirse, sentir o concebirse, valores en los que sólo puede creerse a condición de valor bajo, de vivir y de pensar bajamente. Así pues, lo esencial para Nietzsche es que lo alto y lo bajo, lo noble y lo vil no sean valores propiamente, sino representaciones del elemento diferencial del que deriva el valor de los propios valores. Para ello Nietzsche se alza contra la idea de fundamento, que deja a los valores indiferentes a su propio origen, y contra la idea de una simple derivación causal.

Nietzsche crea el nuevo concepto de genealogía. El filósofo para Nietzsche es un genealogista, no un juez de tribunal a la manera de Kant por ello, contra Kant, Hegel10 o los utilitaristas, Nietzsche opone el sentimiento de diferencia o de distancia (elemento diferencial). “Es desde lo alto de este sentimiento de distancia que nos concedemos el derecho de crear valores o determinarlos ¿qué importa su utilidad?”11 Genealogía12 quiere decir a la vez valor del origen y origen de los valores. Genealogía se opone tanto al carácter absoluto de los valores como a su carácter relativo o utilitario. Genealogía significa el elemento diferencial de los valores de los que se desprende su propio valor. Genealogía; quiere decir pues, origen o nacimiento, pero también diferencia y distancia del origen. Genealogía quiere decir nobleza y bajeza, nobleza y vileza, nobleza y decadencia del origen. Lo noble y lo vil, lo alto y lo bajo, tal es el elemento propiamente genealógico o crítico. En este sentido, la crítica para Nietzsche es el elemento positivo de una creación, es una acción y no una reacción, pues el filósofo opone la actividad de la crítica a la venganza, al rencor y al resentimiento.

La crítica no es una reacción del resentimiento, sino la expresión activa de un modo de existencia activo: el ataque y no la venganza, la agresividad natural de una manera de ser, la maldad divina sin la que no podría imaginarse la perfección13. «El Dios cristiano es, pues, el Dios judío, pero hecho cosmopolita, conclusión separada de sus premisas. En la cruz, Dios deja de aparecer como judío. Del mismo modo, en la cru