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Revista Observaciones Filosóficas


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art of articleart of articlePintura y Psiquiatría

Dr. José Guimón Ugartechea - Universidad del País Vasco

Ya Aristóteles señalaba la existencia de una indudable relación entre genialidad y locura, y Sigmund Freud se preguntó también por las razones que explican que algunas personas privilegiadas tengan el don de la creatividad. El psiquiatra vienés escribió obras importantísimas en las que abordó por extenso el proceso creativo, pero concluyó que no se trataba de una cuestión que el psicoanálisis pudiera contestar. De todos modos, como después el propio Freud reconocería en otro libro, tampoco la filosofía ni la estética pueden hacerlo.

Con todo, Freud falleció hace más de setenta años. Durante ese tiempo, la psiquiatría, que es una ciencia más amplia que el psicoanálisis, ha evolucionado y, gracias a investigaciones empíricas que han tenido lugar sobre todo en los últimos treinta años, está en disposición de responder a bastantes de las preguntas que se planteaba Freud y que en todos los siglos se han formulado filósofos y literatos. La razón de este avance radica en que la psiquiatría es no sólo una ciencia del espíritu –como lo son la filosofía, la estética, la psicología o el psicoanálisis–, sino también una ciencia de la naturaleza que permite investigaciones empíricas (en el cerebro, en las habilidades, en la genética, etc.) por medio de las cuales estamos en condiciones de responder a una serie de preguntas que relacionan arte, pintura y psiquiatría. Anticiparé que mi propuesta de conjunto sobre la aportación de la psiquiatría de hoy al arte es que la pintura encierra un gran valor homeostático. "Homeostasis" significa "equilibrio", y la pintura es, a mi juicio, un poderoso guardador de la homeostasis.

Vayamos ya con esas preguntas que nos interesan. En primer lugar, ¿es distinto el significado psicológico de las pinturas antiguas del de las pinturas modernas? Desde un punto de vista antropológico se ha querido ver en la pintura a lo largo de los siglos un fin espiritual consistente en embellecer los rituales que rodean la vida y la muerte, los hitos que señalan el transcurso del hombre y su acontecer por la vida. La pintura lograría que esos ritos estuvieran embellecidos para que fueran mejor aceptados por la comunidad. Se trata de los ritos comunitarios que permiten al hombre enfrentarse y sobrellevar la angustia enorme que supone estar lanzado al mundo, arrojado ante la muerte y los peligros de la naturaleza, ante la incertidumbre o el más allá. Ante esa angustia del hombre, la pintura ayuda –como ayuda la religión– a embellecer el entorno en el que esos ritos que ayudan a la cohesión social se celebran.

Ahora bien, ¿hasta qué punto en nuestra sociedad agnóstica, desacralizada –o aparentemente desacralizada–, el arte sigue desempeñando esa función espiritual? Parece que la pintura sigue teniendo una significación de mensaje trascendente y espiritual para ayudar a los sujetos a funcionar en la vida. Hay diferencias claras, por supuesto. Los lugares elegidos para ello no son ya las catedrales, sino los museos, y las situaciones son diferentes (por ejemplo, una sala de fiestas donde exista un tipo de decoración inspirada en el arte contemporáneo). Sin embargo, los tatuajes que algunas personas se graban en su piel; los tejidos con que se visten las mujeres y los hombres; los diseños de los coches; los anuncios publicitarios y las modas están impregnados de la pintura y el arte contemporáneos, por lo que parece que el mensaje y el acompañamiento son semejantes.

En tiempos de nuestros antepasados (pensemos en Altamira, por ejemplo), el arte tenía también una vocación de intento mágico de atraer a la caza. En las épocas glaciares no abundaba la caza, y el hombre primitivo confinado en las grutas pensaba –lo mismo que el obsesivo piensa que va a ocurrir algo que va a matar a alguien– que, si dibujaba una res, ésta iba a convertirse en realidad y aparecer. Asimismo, otra función del arte era acompañar el desarrollo de la explicación del acontecer religioso. Al público analfabeto había que enseñarle la religión ilustrando la vida de los apóstoles o de Cristo y todos los misterios que rodeaban la religión.

En el siglo XVI, Brueghel el Viejo representaba en algunos de sus cuadros la tragedia y el desastre del mundo de entonces con escenas agresivas, procaces y obscenas, introduciendo en su obra toda la garra de la destrucción, lo obsceno y lo prohibido, hasta el punto de considerarlo un tratado de pornografía. Más tarde, los románticos representarán la realidad acentuando los detalles trágicos y espeluznantes sin dejar de introducir, con cualquier disculpa, un toque erótico.

El artista cumple la función de embellecer el mundo, pero disconforme con la época se permite algunas licencias, como, por ejemplo, incluir detalles sumamente feos, procaces, obscenos y revolucionarios. Así, por ejemplo, los escultores que creaban esculturas en las torres de las catedrales –imágenes que nadie iba a subir a ver porque no había medios de acceso– esculpían pequeños detalles de este tipo en los que, además, los actores eran obispos, gente poderosa que el artista se permitía atacar.

Por tanto, parece que es lícito utilizar el arte moderno como referencia general para al arte. A pesar de las diferencias –es sabido que, a partir de finales de siglo, la forma deja paso al color, que invade la pintura dejando atrás toda representación, la cual queda reservada a la fotografía, al cine y a otras artes– se puede decir que la historia del arte es portadora del mismo mensaje.

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