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Artículos y textos de filosofía

¿Qué significa escribir? Nietzsche después de todo 1

Resumen En este ensayo se defienden tres tesis. Primero , que Nietzsche es la experiencia de una soberanía sin coartadas, la soberanía de lo singular. Una experiencia que se da lugar y que se afirma a sí misma en la escritura. Se trata de una infidelidad a la propia individualidad, pero de una fidelidad extrema a la singularidad que no es <

Abstract This article sustains three thesis: First, Nietzsche is the experience of a sovereign without alibis, the sovereign of singularity. This singularity sustains itself in the act of scripture. Infidelity to the individuality but extreme fidelity to the singularity. Second, at the bizarre atmosphere of contemporaneous time, the reverse of the things remains in a theological operation. The other of reason is no other than God. And, third, as we are the night side of all things, the scripture is no longer turn off the end, but coming from there . There is always something stronger than Man.

Nietzsche, Nihilismo, Singularidad, Escritura, Teología, Modernidad Keywords

Nietzsche, Nihilism, Singularity, Scripture, Theology, Modernity

Querría hacer un libro perturbador, como una puerta abierta hacia un lugar al que nadie hubiera consentido en ir; una puerta simplemente conectada con lo real.

Antonin Artaud, Heiogábalo o el anarquista coronado

Ahora nos cuesta más trabajo decir algo en dirección a Nietzsche. Hubo tiempos en que necesitábamos escribir, decir algo acerca de algo, pero lo encontrábamos incomparablemente formulado en un individuo desaparecido decenas de años atrás. Hoy, escribir a propósito de este individuo se ha convertido en una empresa casi imposible. No es que no se pueda; más bien resulta penoso decir algo. Y sobre esta especie de vergüenza me gustaría comenzar a articular algunas palabras. En principio, pues, está la dificultad de encontrar un tono apropiado. ¿De dónde viene esta dificultad previa? Tal vez de un esencial sentido del pudor ante un individuo cuya singularidad compromete a todas las generaciones que le han sobrevivido. No tanto, quizá, porque se trate de él, de Friedrich Nietzsche, tan todavía expuesto al denuesto gratuito y a la insufrible hagiografía, sino porque en el ejercicio soberano de su propia singularidad nos ha cargado a los que llegamos tras él con una deuda de incómoda asunción. Una deuda, cómo decirlo… ¿con la ligereza? Pues desde luego no es cuestión de cargarnos de nuevas o viejas culpas. Pero es, sin duda, una deuda. Nunca un reconocimiento y obediencia a los nuevos valores que este individuo nos ha ofrecido, sino al hecho crudo y duro de comportarse menos como un individuo, que como lo que cada uno de nosotros, sin saber bien de qué modo, es: a saber, una singularidad . Un individuo que en realidad es algo diferente o algo menos que un individuo; la palabra singularidad me parece lo suficientemente clara y a la vez reservada como para emplearla aquí. Friedrich Nietzsche se reconoce y distingue por el singular ejercicio de la singularidad. Dicho sea al pasar, referirse a él como promotor del <

Anticipo (y abrevio) la primera de tres <

Opino en tal respecto que la <

No es conveniente ni prudente anticipar las objeciones más fáciles al lector. Es muy conveniente y muy prudente dejar que el lector descubra por sí mismo la última quintaesencia de nuestra sabiduría 3 .

La singularidad compromete al otro en la ligereza de una simpatía sin concesiones. Nadie se pone a compartir o desechar opiniones, nadie <

El singular soberano comienza y acaba estando harto de sí. Asqueado de ser un sí mismo. El señor Nietzsche no quería o no sabía o no podía estarse quieto, no podía transigir. Antes que nadie, consigo mismo. El engaño es deliberado y lo es en todos los sentidos. ¿Quién, en la inmensa aventura mitológica de la especie, se le asemeja? Pues ni Prometeo ni Epimeteo: más bien Proteo. Un arcaico dios del mar, tendría que ser. Y eso aun con muchas reservas. Se pasa del <<¡Yo debo! al <<¡Yo quiero! , pero toda singularidad termina por preguntar: <<¿Yo? . ¿Debo? ¿Puedo? ¿Quiero? ¿Sueño? ¿Sufro? ¿Amo? ¿Repudio? Sin interrogación, ¿habría afirmación? La singularidad que en el filósofo solitario de sí mismo se dramatiza es una sed de lejanía, una pasión de desconocido . Zaratustra no enseña al prójimo, sino al amigo , el amor a lo extraño y extranjero que a fin de cuentas gobierna al orgulloso aun si estéril Cogito . Un amor él mismo extraño. Amor más allá de sí mismo, obvio, pero amor más allá de todo amor, ¿en qué desemboca? Un amor que ama a la vida sin detenerse ni saciarse en ella llama indudablemente a locura. Pero allí se podrá hallar el otro lado de la moneda, o, mejor, eso que toda moneda oculta o defenestra.

Ciertamente aquí no cuadra repetir o rehusarse a la lectura que de Nietzsche propone Heidegger, con todas sus trampas para osos, o para zorros, pero conviene preguntarse, con él, dónde anida esa especie de centro gravitatorio en relación con el cual se despeña —o atomiza— un pensamiento: <

Sostengo que Heidegger concibe el pensamiento, o su esencia, como un <

El singular es lo inequivalente. No es sencillo rendirle justicia a esa realidad en la que, por ser real, nada es justo. Ni claro, aunque en verdad distinto. Muy distinto. Hablamos, como se habrá percibido, de la vida en su finitud. Escuchemos este suceso en la escritura de Nietzsche:

¿Conocéis el terror del que se adormece? —

Hasta las puntas de los pies tiembla, debido a que el suelo le falla y los sueños comienzan 7 .

La singularidad no es una roca sino un intervalo. Somos ese mientras o ese <

¡Qué importas tú, Zaratustra! ¡Di tu palabra y hazte pedazos!

Un individuo que no importa. Una palabra que nunca es propia . Nietzsche entiende que la escritura es lo mismo que este hacerse pedazos. No habla yo alguno, no habla ni siquiera la voluntad de poder. <

¿Qué teme de mí si yo soy lo imposible? ¿Tiene miedo de mí? Soy lo imposible.

No sé, me parece que bautizar un Coloquio con el ¿Nietzsche ha muerto? delata una peculiar —pero, con todo, productiva— mala fe. Es, de principio a fin, una frase atribuible a Dios. Ello no obstante, la incitación a darle la vuelta es poderosa. Philipp Mainländer estampó esa misma frase con cierta antelación al célebre dictum nietzscheano. <

Falta el fin: desde luego, la meta se desdibuja, pero también: falta la muerte, falta el límite. Falta el corte. Nihilista es la ausencia o la borradura del límite, del horizonte. Si no hay límite, no hay para qué nada. Lo infinito dentro de lo finito, eso es nihilista a tope. Nietzsche ha muerto, ¡bendito sea Dios! Claro, pues de lo contrario Nietzsche se divinizaría y sería imposible distinguirlo de las idolatrías ambientes, que es lo propio de la época. El nihilismo es la negación o la pérdida del fin: la ausencia de la ausencia, el olvido del olvido, la muerte de la muerte. Pablo está en el inicio, al lado de Sócrates-Platón y la irresistible conversión de lo negativo-negativo en positivo. Nietzsche abre un paréntesis en su propio pensar que es un pensar que escasamente habría de pertenecerle. Sus líneas poseen estratos y cortezas infestadas de minúsculas hormigas o termitas. El Dios ha muerto exige interrogarse enseguida: ¿y el lenguaje? ¿Muere? Posiblemente el lenguaje sea lo único en efecto sobreviviente: sin límite a la vista, sería nihilismo en estado plenipotenciario. Revolotea el siempre que hablo, miento de Epiménides . La revuelta, la conspiración, el terror, se llevará en consecuencia, aun si no se descuidan del todo los demás, a ese plano. Aunque ojalá fuera plano; es un fractal, se halla como corrugado, esmaltado, roto, esmerilado. Hablar del habla, qué habladuría insufrible. Los dioses se alojan en la lengua, como después intuirá y desarrollará Max Müller. El nihilismo es un fenómeno esencial y eminentemente lingüístico. Ya estaba en su base. Si todo puede —en principio— decirse, nada puede —finalmente— decirse. Nietzsche no se hace ilusiones. El lenguaje es así. Casi les dirá a los positivistas lógicos: su lógica de enunciados es lo más metafísico del mundo porque resulta incapaz de reconocer su vocación y raigambre metafísica. No sólo por eso, pero forma parte de su natural ceguera. ¿Un lenguaje natural, una lengua que diga lo real? Han existido pretensiones igual de pintorescas. Lo nihilista de la gramática coincide exactamente con la supervivencia de la lengua. Ni siquiera se deja pensar. ¿Estructura, sistema, cuerpo, tejido? Al tocar la nada la convierte en cosa, casi nada. Apenas cosa. ¿Quién le pone un ¡Hasta aquí!? Pues nadie, comenzamos ahora a entender algo del nihilismo. El mono desnudo penetra desnudo a la palabra. Pero en ella, con ella y por ella, sale vestido. Investido de valor, valor siempre simbólico. Ni el dinero ni la palabra son inocentes. La inocencia se queda de este lado del signo. Dudemos que sea recuperable. La naturaleza humana sufre en la palabra un siniestro total. El movimiento del intelecto es entonces inverso: no es que lo puesto por el signo —lo <

Quizá en el fondo sea una cuestión sin fondo. Hablar es muy parecido a flotar. Querer tocar fondo delata cierta vocación de asfixia. Me parece indudable que Nietzsche percibió esa necesidad de flotación. Comprendió que el agua no <

2 El mundo verdadero es mi (tu) promesa (Jesús).

3 El mundo verdadero es mi (tu) consuelo (Kant).

4 El mundo verdadero es (lo) (aun) desconocido (Dama Ciencia).

5 El mundo verdadero no es: olvidémoslo (Nietzsche).

6 Si el mundo verdadero no es, tampoco queda el aparente (Nietzsche).

Nietzsche no introduce uno, sino dos cortes en la secuencia. De lo contrario, ¿qué lo distinguiría del positivista más romo? Si el alma resulta ser una ilusión, ¡el cuerpo también lo es! Uno, dos… tres. Hay un tercer reino, un aut… aut , un ne-uter . No es exagerado observar que en ese tres acampa toda la filosofía del siglo XX, comenzando por Freud, pasando por Heidegger/Levinas y terminando con Barthes, Derrida o Blanchot. ¿Resistiríamos la tentación de (volver a) decir: mundo, alma, Dios? O ¿cuerpo, alma, espíritu? O quizá: ¿Padre, Hijo, Espíritu Santo? ¿Será necesario atender a los nudos lacanianos de Real, Simbólico, Imaginario para redinamizar los términos? Bástenos por ahora perseguir el rastro de Nietzsche. Preguntaríamos por lo pronto si de verdad imagina una palabra capaz de indicar o capturar lo que es. ¿Sería tan necio? Pretender acabar con el nihilismo es tan nihilista como metafísico es creer que podemos terminar con la metafísica. Entonces ¿no hay salida? Pendientes de la palabra, la verdad sólo sabe alejarse. El nihilismo sólo sabe <

Si el nihilismo es la ausencia del fin, todavía parece posible darle fin. ¿Cómo? Negando no ya los (antiguos) valores supremos, sino el lugar donde podrían florecer. Percibimos la cercanía del delirio. ¿Para qué necesitaríamos una brújula si el norte se encuentra en cualquier parte? Lo único que importa es decidir que hay un norte. Y, ¿quién está facultado para decidirlo? ¿Yo? ¿Tu? ¿Él? ¿Nosotros? ¿Todos? ¿Nadie? El delirio consiste en afirmar que el sentido consiste exactamente en que no hay sentido alguno. En otros términos, no vamos —ni individual ni ecuménicamente— a ninguna parte. Cuando el trompo gira de verdad no da —ni tiene para qué hacerlo— la sensación de moverse. Querer otorgarle una dirección (o un <

Por fortuna, Nietzsche ha muerto; por fortuna, en primer lugar, para él mismo. Lo cual no significa desentenderse de la pregunta original si se lee en un sentido figurado. Supongo que debe discutirse si, tras doce o trece decenios, o cuatro generaciones, lo de Nietzsche es para nosotros <

Segunda <

No se sabe si disipar las tinieblas o dejar que atenúen la luz del día, igualmente insensata. En esta vacilación ha sido sorprendido in fraganti el espíritu de la época. Por lo visto, el diagnóstico pediría una amplia variedad de tratamientos. ¿Qué hacer cuando es evidente que el desierto crece ? ¿Cultivar un pequeño jardín? ¿Retomar la senda de la Ermita? ¿Participar en una nueva gnosis? ¿Cómo se podría, realmente, hacer nada ? La mayoría, seamos honestos, sólo repite un movimiento de avestruz. Se comprende que la filosofía escolástica —pero tampoco la espontánea— no muy bien sepa qué hacer con el muchacho. ¿Qué espera de nosotros, que nos volvamos poetas, o músicos? ¿Incluso los que ni talento tenemos? Y bien, hasta para morir se requiere cierto talento. No es una solicitud de tipo profesional, o laboral. La asunción trágica no es para todos, el <

Tercera <

Suena un poco como albur, pero es muy probablemente lo que ocurre —y con esto me acerco por fin al fin— con la experiencia de Nietzsche. Roger Laporte lo enunciaría en sus justos términos: <

Después de todo, <<¿es muy dañino que el vacío no tenga oídos? .

1 Ponencia leída en el Congreso Internacional “Nietzsche ¿ha muerto? Filosofía, arte, religión, ciencia y política. Memorias de un caminante intempestivo” , Xalapa, Universidad de Veracruz octubre 2 de 2007

2 Cf. Peter Sloterdijk, Sobre la mejora de la buena nueva. El quinto <

3 <

4 Martin Heidegger, ¿Qué significa pensar? , tr. Raúl Gabás, Trotta, Madrid, 2005. Lección del semestre de invierno de 1951-1952, p. 20

7 Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra , tr. Andrés Sánchez Pascual, Alianza, Madrid, 1972, p. 212

8 Cit. en Franco Volpi, El nihilismo , Biblos, Buenos Aires, 2005, p. 49

9 Roger Laporte, Moriendo , tr. Antonia Barreda, Arena Libros, Madrid, 2006, p. 22 y 30

11 Friedrich Nietzsche, Fragmentos póstumos , edición de Günter Wohlfart, tr. Joaquín Chamorro, Abada Editores, Madrid, 2004, p. 32

Revista Observaciones Filosóficas - Nº 6 / 2008